En
Estados Unidos a finales de los años 50’s e inicios de los 60’s empezaron a
aparecer nombres plasmados por todas las calles de la ciudad de New York, los cuales generan diferentes interpretaciones,
fueron odiados por muchos, y al mismo
tiempo vistos como vandalismo,
destrucción de la propiedad ,crearon la
sensación de desfiguración urbana; según
el ciudadano común de aquella época, los artistas grafiteros solo eran niños
rayando paredes, tenían muchas posiciones frente a este tema, pero en
general a muchos no les interesa. A otros les parecía
una agradable solución para dar
vida a aquel paisaje gris de pobreza, monotonía y ladrillos.
¿Pero qué hay detrás de esas pinturas?, un grupo de jóvenes entre los diez y los 24 años, residentes de aquellos sectores marginados por las grandes ciudades, los cuales decidieron empezar a grabar sus seudónimos o apodos en dichos muros con los cuales dejaban una marca propia y le daban un poco de color a ese apagado paisaje.
Jóvenes, niños, dirán muchos, pero son más precursores arriesgados, que tildados de vándalos, salían con botes de pintura y brochas a dejar un nombre o un legado en una pared o vagón del tren, con toda la sociedad como enemiga, aquellos quienes repudiaban este tipo de actos vandálicos, según su parecer, sumándose también a ellos la fuerza policíaca (que les propinaban fuertes golpizas); aunque, “a cualquier obstáculo se busca otro camino”, ellos buscaron la forma. Hallar las maneras de continuar era complicado, escondían sus pinturas, viajaban a extremos de la ciudad, deambulaban a altas horas dela noche, se escondían como cazadores esperando que su presa pudiera ser firmada. Y aunque con miedo y gran agilidad, tener su obra a la vista y la opinión de una sociedad cambiante y crítica, era primordial.
Cuando se masificó este
tipo de escritura callejera, el auge de
los grafos marcó también los
edificios gubernamentales,
apareció en vagones nuevos del metro;
se empezaron a tomar represalias contra los grafiteros, infundando en ellos un miedo y desmotivación,
debido a la excesiva persecución, se demoraban más creando su graffiti que alguien borrándolo de aquel
sitio.
El
estado queriendo combatir lo que conocían como vandalismo y degradación, por
parte de los jóvenes grafiteros, gastaban miles de dólares en limpieza de
paredes, vagones y pasillos de las estaciones del tren neoyorkino. Pero esta
propuesta como solución no perduro,
porque se gastaron más de 10 millones dedolares en solo limpiar graffitis, lastimosamente para la
comunidad política, era más importante combatir los graffitis que los problemas
de seguridad, pobreza y hambre de la ciudad.



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